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Sección Deporte y Salud: “Aterosclerosis y cardiopatía coronaria”-1ª Entrega

¿Qué es la aterosclerosis?

La aterosclerosis es una enfermedad de los vasos arteriales, caracterizada por la acumulación de sustancias variadas, pero principalmente grasas y detritos en la pared interna de estos vasos (placas de ateroma), produciendo un endurecimiento, rigidez y disminución del calibre de la arteria (estrechamiento). Por ello, la sangre sufrirá una mayor resistencia para poder continuar su recorrido por el sistema cardiovascular.

            Dicha obstrucción de los vasos origina trastornos circulatorios en la irrigación de los órganos correspondientes. Cuando sucede en la vascularización coronaria que irriga la musculatura del corazón se habla de cardiopatía coronaria o isquémica, por lesión ateromatosa, y su expresión clínica más grave, por obstrucción total, es el infarto de miocardio (necrosis de origen isquémico). En caso de obstrucción parcial puede producir dolor torácico, considerándose entonces una angina de pecho. Si la oclusión es en las arterias cerebrales se produce el infarto cerebral o accidente cerebro-vascular. En definitiva, la inmensa mayoría de los infartos y accidentes cerebrovasculares se deben a la aterosclerosis, y son la primera causa de muerte en la población española. Entre los supervivientes permanece un alto grado de invalidez física y psicológica, además de enormes gastos para la sanidad pública.

            En la prevención de la cardiopatía coronaria juega un papel muy importante el ejercicio físico; según Fernández Vaquero (2002) se reduce en un 23% el riesgo de muerte por enfermedad cardiovascular. Su acción protectora se debe, fundamentalmente, a la mejora del riego cardíaco y la “limpieza” de sus vasos, además de incidir positivamente en algunos factores favorecedores de la arteriosclerosis: hiperlipidemia, hipertensión, obesidad, diabetes, estrés, etc. Se dice que quien mueve las piernas, mueve le corazón”.

            Efectivamente, para que se produzcan beneficios cardiovasculares (aumenta el flujo vascular y la capacidad de intercambio del oxígeno entre la sangre y las células del miocardio; disminuye el riesgo de formación de coágulos y trombos por un incremento de los mecanismos de fibrinolisis; aumento de la dilatación de los vasos; disminución de la respuesta simpática o al estrés, por un menor vertido de catecolaminas que aceleran el ritmo cardiaco; etc), la actividad física debe ser sostenida, habitual y de cierta intensidad.

Así, el ejercicio incide en 3 líneas:

  • Efectos propios del entrenamiento (a nivel físico, fisiológico, psicológico, social…).
  • Disminución de los factores de riesgo (obesidad, hiperlipidemia, hipertensión, estrés, hiperglucemia, …).
  • Cambios indirectos en el estilo de vida (menor consumo de tabaco y alcohol, alimentación equilibrada con un mayor consumo de fibra y una disminución de la ingesta de grasas, descanso profundo, …).

            En la primera mitad del siglo XX la actividad física no formaba parte de los tratamientos para estos enfermos. Hoy día, sin embargo, es, junto a la reducción de la ingesta de grasas saturadas de origen animal, uno de los pilares en los que se basa el tratamiento y la prevención de la mayoría de las enfermedades del sistema cardiovascular. Actualmente ya se están realizando estudios longitudinales en los cuales se pretende demostrar cómo la actividad física también protege a nuestros niños de las enfermedades coronarias (Saakslahti et al. 2004).

            Se recomiendan ejercicios continuos de baja intensidad de 5 a 7 días semanales. Por ejemplo: andar, trotar, nadar, montar en bici, pero siempre de una manera cómoda sin llegar a frecuencias cardiacas muy elevadas de 110 a 130 pulsaciones y manteniendo una adecuada respiración (no forzada ni jadeante), siendo muy importante que la persona “escuche su cuerpo”, mediante las sensaciones percibidas.

Ahora bien, si la persona es sedentaria y no tiene una buena forma física, se podría comenzar andando a paso ligero en intervalos de 10 minutos (en determinados casos -fatiga, dificultad respiratoria, molestias musculares, obesidad, …- los periodos pueden ser inferiores, incluso menores de 3-5 minutos). Es decir, se camina durante 10 minutos, descansa, camina 10 minutos, descansa, así hasta completar un mínimo de 30 minutos al día. A medida que se va adquiriendo una mayor condición física, estos intervalos de trabajo pueden ir incrementándose.

            Del mismo modo, es trascendental realizar una adecuada vuelta a la calma ya que, si no se hace, se incrementa la posibilidad de complicaciones cardiovasculares, por una reducción del retorno venoso y el flujo coronario, cuando la frecuencia cardiaca y la demanda de oxígeno en el miocardio aún son muy elevadas.

Deporte y Salud By Antonio J. Casimiro

 

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